domingo, 21 de marzo de 2010

Koh Samui

Como siempre a lo largo de mi vida, todo para última hora, y por mucho que haya cambiado el escenario no voy a cambiar del todo. Me levanto a las 8:30, ducha, afeitado y corriendo a prepararme la mochila, ya que a las 9:30 tengo que estar en la Orange Shop para que me recoja el taxi que me llevará al puerto. Al hacer el checkout, la estúpida chica que se encarga de la tienda de animales, comida y habitaciones, me pregunta que si ya he acabado las vacaciones. Le digo que no, que voy a renovar visado a Malaysia y VISA-run en Koh Samui y que volveré a Koh Tao para una larga estancia y que estos días he estado buceando con NWD, a escasos 25m de donde estamos. Sorpresa la mía al ver que sabe sonreír y ser amable. Se ofrece a ayudarme a buscar una buena casa a mi regreso, que por lo que he pagado por estos 17 días puedo tener algo mucho mejor. Tras el comentario, me da la bienvenida a la isla y se me despide de nuevo con una sonrisa, esta vez no sé si real o irónica tras el comentario del precio de la vivienda.
Dejo una de mis mochilas en el centro de buceo, ya que para una semana no quiero irme cargado como una mula. Me compro el desayuno y voy a la Orange Shop. Mientras espero, oigo a 3 chicas en la tienda de pastelitos de enfrente que hablan en español, y tienen pinta de vivir aquí. Al rato me acerco pensando en que podría tomarme un buen café y no uno de estos de sobre a los que no acabo de acostumbrarme. A su “hello” le respondo con nuestro “hola” para cortar el hielo desde el principio. No tienen buen café, de hecho ni tienen para evitar que la gente se acumule y se quede largas horas sentada. Se llama Silvia y es vasca, me dice al despedirnos con los dos besos que usamos en España al saludarnos, y no como el resto del planeta que se da fríamente la mano. Ha llegado mi taxi y que nos veamos a mi vuelta me comenta.
Una vez en el puerto, larga espera que ya no me desespera. Aquí te tienes que acostumbrar a no tener prisa por nada, el ritmo de vida es mucho más tranquilo. A veces pienso que lo hacen para reírse de nosotros, como si les gustara tenernos horas antes en los sitios sin movernos, organizados, con nuestra correspondiente pegatina de colores que indica la clase en la que viajas y el destino final.
Una hora más tarde de lo que tocaba, llega mi fast-boat, nombre cachondo para la velocidad que alcanza. Una vez sentado en mi butaca intento descansar de no se qué, pero me tocan tres de los muchos Koh Pagnaneros que han estado en la Fullmoon Party detrás de mí. Uno de ellos es albino, que sumado a su habitual color inglés, es casi transparente. Pero muy pesado, no deja de moverse y por consiguiente de mover mi asiento con sus patadillas. La primera vez le aviso con una mirada asesina, a la que me pide perdón, pero cuando ya me cansa le digo que se esté quietecito de una vez por todas. Me dice que ha estado toda la noche de fiesta y que no consigue conciliar sueño por la incomodidad de los asientos, a lo que le invito a subir a cubierta, donde se podrá estirar y no molestar a nadie. Pobrecito el animalito cuando baja al cabo de dos horas, ha cogido color gamba roja y no puedo más que reír al verlo, pero por lo menos yo he descansado. Ahora estamos en Koh Pha Nagan, tenemos que cambiar de bote y coger otro igualito que nos llevará a Koh Samui. Inteligentemente a este segundo barco subo el último, para como en la Biblia, ser el primero.
Así es y desembarco antes que nadie, me hago con un mapa de la isla mientras me deshago de todas las ofertas iguales de taxistas que hay en el puerto. Subo a una especie de tuktuk para 8 personas y que da la vuelta a la isla. Me cuesta 60 B que me deje donde deseo, que es el pueblo más cercano al aeropuerto. El pueblo en cuestión se llama Bo Phut.
Es una zona bastante bonita y parece tranquila. Por lo bonita que es, y la proximidad al aeropuerto quizás sea cara pero me servirá para llegar al vuelo rápido el día que me vaya a Kuala Lumpur. Me paso más de una hora y media por la costa buscando donde dormir hasta que al fin localizo una Guesthouse, que por 390 B la noche tengo una habitación doble, limpia, con baño y ducha independiente, TV con 57 canales y no hacen nada (como en la canción de Bruce Spingsteen), mantas que usaré para dormir por la temperatura fija del aire acondicionado y un poco retirado de la playa y el ruido. Una vez instalado, me doy una ducha que me sienta muy bien y salgo a comer. Casi todo son sitios bonitos y caros, frente al mar pero localizo uno barato, con comida típica tailandesa que me da un sueño insoportable, al que hago caso y voy de vuelta a la habitación, a descansar la siesta.
Son las 20:15 y creo que ya he dormido lo suficiente. Otra ducha y a ver donde ceno. Tras ver la oferta de casi todos los restaurantes, me decido por uno que el precio no es excesivo y tiene buena pinta. He elegido muy bien, me dan una mesa junto a la playa, con vistas a la isla de al lado, Koh Pha Ngan que se divisa por las luces en el horizonte. La cena está muy buena, los camareros son muy amables, sobretodo uno de ellos que cómo no, al decir que soy español, me habla de futbol. Aquí están más al día que en Egipto y ya conocen a Villa y Silva (y no a Raul González), que además son del Valencia CF y también lo sabe. El primer plato es Koh Samui Rice, que es arroz blanco con frutos del mar. Está excelente y decido darme un homenaje y hoy tomaré postre, muy rico también. Me despido hasta la noche siguiente, pidiéndoles la misma mesa que he tenido hoy que por supuesto me reservarán.
De camino a la habitación oigo música en directo y decido acercarme. Debe de ser fiesta en el pueblo porque hay feria. Soy el único guiri que pasea por la zona cerrada, me miran extrañados pero sin darle mucha importancia. La “muñeca chochona” y el “perrito piloto” son aquí impronunciables, pero los tienen aunque de otra manera. A la cama que ya es hora. Mañana quizás alquile una moto para darle la vuelta a la isla, ya que no tengo ganas de estar pasando el calor que he tenido durante hoy.

Hasta la próxima entrada

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