Después de bucear con el tiburón ballena, perdí uno de los bloqueadores de una de mis aletas. Mala suerte la mía, ya que cuando te acostumbras a bucear con tu propio equipo, hacerlo con otro siempre es más complicado y pueden surgir problemas. Y para muestra un botón.
Al no poder usar mis aletas, pensando en que tendría que comprarme unas nuevas, y ahora no estoy para gastos extras, tuve que coger unas del centro de buceo. Lógicamente no son buenas, ni técnicas como las mías, son las típicas que se enfunda el fie dentro de la aleta, en lugar de tener que usar botines que siempre te dan una protección mayor y lo único que conseguí son dos rozaduras en ambos tendones de Aquiles.
¿Qué más da? – Pensé – Si total, aquí estamos llenos de rozaduras, golpes y demás marcas por todo el cuerpo. Mañana al agua otra vez que hay mucho por explorar
Esta tonta valentía sólo se ha traducido en un Ramadán de buceo, playa, deporte y noche. Vamos que creo que estaría mejor en un convento que aquí ahora mismo. ¿Para qué narices volví al día siguiente? No dejo de preguntarme.
Esto es lo que hice. Al día siguiente volví al agua y tan sólo pude hacer una inmersión. Nada más meterme en el agua con Chris y una Open Water, el barco se alejó de nosotros para que fuéramos a su encuentro. La inmersión era en Drop-off y nos teníamos que reunir en Mango Bay, aquella preciosa bahía en la que estuve haciendo el zángano días atrás. Otra zona de buceo de lo más bonito que se puede hacer, de poca profundidad pero que parece un jardín subacuático. Las mariposas son peces mariposa, las flores son aquí bellas anémonas y los árboles y plantas grandiosos corales de diferentes colores. Así con todo. Es como si la misma vida que tenemos en tierra la pudiéramos ver bajo el mar, y sin la necesidad de sumergirnos demasiado.
A pesar de la hermosura que contemplaba, el dolor en mis pies iba creciendo por momentos y no dejaba de mirar el ordenador de buceo penando en cuánto tiempo me faltaba para llegar a la meta, como si de una carrera se tratara. A todo esto unos majísimos peces limpiadores de esos que siempre acompañan a los grandes animales marinos, no dejaban de mordisquearme las heridas de los pies y de las rodillas, ¡para qué lo hacen si nadie les ha dicho nada!
Una vez llegamos al bote, me mire las heridas y decidí que ya no iba a realizar más paseos en tan cálidas aguas. Una buena decisión al fin.
Una vez en el puerto, descargamos el equipo, limpieza y ducha. Mis pies me están matando y a pesar de ser el último día de Mac, no voy a ir a su última cena acompañada de zumo de cebada.
Voy al médico y me da la peor de las noticias: No puedo meterme en el agua en 1 semana al menos, ni tampoco ir a la playa por la arena, con lo que tampoco de fiesta porque todas son en la playa. Betadine, tiritas, reposo y curarme las heridas constantemente. Eso es lo que debo hacer.
Bueno, esto se va a traducir en un blog de vida cotidiana hasta que vuelva a meterme en el agua. Tampoco está mal, servirá para futuros visitantes de este país y de esta isla en concreto para que sepan lo que se van a encontrar.
Hasta la próxima entrada
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